Crónica de un asesinato a sangre fría
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Una navidad que termina con un estruendo y olor a pólvora. Entre la música, los vecinos en cuero, las señoras charlando y los pibes estrenando regalos bajo el calor de diciembre, un policía de la Ciudad decidió que los festejos nunca son para todos.
Rodrigo está sentado en el comedor del Movimiento Popular La Dignidad, donde se reparten cuatrocientos veinte platos de comida por día. El mate que tiene en la mano lleva el escudo de River, igual que el conjunto de gimnasia y la visera que lleva puesta. Antes iba a la cancha todos los domingos, pero ahora solo de local, me avisa pícaro como quien cambió hábitos por amor, laburo y realidad. A simple vista, Rodrigo no es alguien con el que uno quisiera meterse en problemas, pero en su mirada se nota su generosidad, también su dolor.
Tomamos mate y hablamos de fútbol antes de ponernos serios y a lo que vinimos. Rodrigo es de Lugano, tercera generación. Sus abuelos, Edgardo y Ramona llegaron de Paraguay cuando en el barrio había “solo cuatro casas”. Gente de laburo, de empujar, de pelearla.
Rodrigo carga con las heridas de haber peleado sus propias batallas, pero nunca se imaginó esta. Su tío Gaby, como lo llama él, es Juan Gabriel González, asesinado por la policía de un escopetazo en el abdomen el 25 de diciembre de 2025. La primera versión de los hechos la dio la policía en un cobarde intento de armar la causa bajo una primera caratula de “Homicidio en riña con herida de arma blanca”. Sin embargo, la autopsia demostró que Gaby tenía un agujero de 14 centímetros de diámetro en el cuerpo y perdigones desparramados por sus órganos.
Aquella navidad, Rodrigo la pasó con él. Compartían las mismas pasiones, la pesca, el fútbol y la familia. La noche se fue apagando, Rodrigo volvió a su casa con su pareja. Durante el día le avisaron que algo había pasado con el tío Gaby y no dudó en volver. Era verdad, pero ya era tarde.
En los videos que grabaron los vecinos, se ve con claridad a Gaby rodeado de policías que se turnaban para pegarle con los bastones. Acto seguido, llega a la escena un patrullero del que desciende el oficial primero Darián Gastón Miño. Escopeta en mano, carga, apunta, dispara y asesina. Gaby cae tendido entre una bobina de cable que hace de mesa y un tambor parrillero. La gente grita, la policía acordona el área. La causa la quisieron armar con el manual de la impunidad en la mano. Al juzgado lo notificaron sobre una pelea entre vecinos con un herido por arma blanca. Desde ese lugar, detuvieron por “homicidio en riña” a Nelly, la pareja de Gaby, con dos balazos en una pierna, a su hijo Dante y su amigo Néstor, con una fractura del hueso malar. La aventura les duró poco. A los videos de los vecinos se suma la rápida intervención de la Coordinadora contra la represión policial e institucional (CORREPI). Las pruebas son contundentes, inobjetables. El asesino, hoy está preso y el juicio en su contra, en marcha.
Con Rodrigo caminamos una cuadra y media hasta llegar al lugar donde asesinaron a Gaby. Ahí mataron al tío, dice, mientras se relame de impotencia y mastica bronca. Pero Rodrigo pareciera tener la misma sonrisa que tenía Gaby, como si hubiese heredado la voluntad para sobreponerse.
¿Querés ver el mural?, me pregunta. “El amor de tu familia y el barrio te hace eterno”, se lee claro debajo de un dibujo donde resalta una cálida sonrisa. El sol se posa sobre los techos de la villa 20. La tarde se escapa. Volvemos al comedor. La pérdida duele en Rodrigo, en el barrio y en los huesos de los padres de Juan Gabriel, Edgardo, de 83 años, y de Ramona, de 81.
Le quitaron la luz, la abuela llora, el abuelo ya no sonríe. El tío era un laburante conocido por todo el mundo. Llevaba su familia al hombro y siempre daba una mano a quienes necesitaban de un mango, de una changa. La cultura del laburo, pero también de la solidaridad. Ellos nos quitaron eso, como si no valiéramos nada, pero acá estamos. Empujando, como siempre. Cuando quieras venir a Lugano ya sabés, me dice Rodrigo con su amable sonrisa.





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