La desgracia como espejo: una mirada sobre Matamala
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Actualizado: hace 18 horas

En el marco del Festival El Tornillo en el Teatro de La Ribera, la obra revelación del evento, dirigida por la dramaturga Daniela Tuvo, apuesta por una forma escénica austera y concentrada: el unipersonal.
Desde la economía de recursos, la puesta construye un espacio claro, pero denso y perturbador que invita a internarse en la incómoda frontera de la enfermedad mental. La culpa y la tragedia personal, inoportuna e interpela al espectador, mientras lo invita a internarse dentro de los límites de la mente.
Bajo una soberbia actuación de Ramiro Iván Iglesias Grinspon, el eje dramático gira en torno a Luis Alejandro Matamala, un paciente de un hospital psiquiátrico que ha asesinado a varias personas, “cinco o seis, no más”, según él. Sin embargo, el interés de la propuesta no está en los crímenes, sino en los detalles de un hecho interno más profundo.
Así, la obra se desplaza hacia un territorio más complejo: el relato subjetivo del protagonista, su forma de comprender el mundo y, sobre todo, su manera de nombrar y sostener aquello que lo atraviesa.
—¿Qué es lo que busca la obra, Daniela?
—La obra busca instalar una pregunta incómoda: ¿Cuáles son los límites de nuestra mente? Desde esa premisa se desprenden otras tales como ¿qué es lo que nos empuja a la locura? ¿quiénes son los responsables? ¿qué tan cerca esta uno de ese borde? Cuando la escribía, pensé en acercar a Luis en el teatro convencional con un discurso que lleve al público a empatizar con un personaje en el que se pueda reconocer fácilmente o, en principio, que identifique problemáticas que parecen lejanas y quizás no lo sean tanto. La idea fue quien va al teatro a ver una obra de esta calidad, se pueda permitir recordar que todos tenemos un lado oscuro y que, cruzar el límite entre la locura y cordura en estos tiempos está más cerca de lo que parece. Creo que todos somos, o tenemos, un poco de eso, pero que estamos demasiado domesticados como para darnos cuenta.
Sobre el personaje, Luis Matamala advierte que en el mundo existen muchas desgracias, pero que a él lo atraviesa “LA desgracia”, como un espacio mayúsculo que alberga cualquier otro pormenor y, esa distinción aparentemente mínima, abre una dimensión filosófica que recorre toda la puesta.
“¿Quién de todos ustedes es capaz de admitir que soñando mató a su pareja, a su mejor amigo, o a su hijito? Exacto, ¡NADIE! Cuando hay pesadilla todos ¡shh!, andamos por ahí haciéndonos los distraídos...” Luis A. Matamala.
En ese sentido, la puesta se sostiene sobre una construcción precisa del clima. El dispositivo escénico, sin excesos ni distracciones, permite que la palabra y el cuerpo del actor ocupen el centro absoluto de la escena. Así, este arrollador unipersonal se vuelve un formato ideal para explorar la interioridad de un personaje que vive atrapado entre su memoria, su culpa y su propia percepción de la realidad.
—¿Cómo fue la elección del formato?
—La obra la escribí en pandemia cuando la desfinanciación del teatro era algo en puerta, me di cuenta que era pertinente pensar en un monólogo y, además, yo quería hablar de esto sí o sí.
—¿Cómo fue el desafío o, mejor dicho, qué obstáculos encontraste en el camino como directora para esta puesta?
—Creo que el desafío fue tener la paciencia suficiente para encontrar el momento de montarla. De que ese cuándo que tome cuerpo. Estuve esperando mucho a que el texto salga cuando tenía que salir y poder dedicarle a Luis dentro de un parámetro que me convenza y guste. Mirá, a Luis lo escribí durante dos años, lo conozco como si fuera un tío. Sé lo que piensa, lo que come, lo que le da gracia, lo que respondería, etcétera. Por eso, como el proceso de escritura fue hermoso, quería que la obra suceda con un grupo que me permita disfrutar el proceso de montaje ya que para mi es muy importante el trabajo en equipo. Y, además, para esperar una fecha que le dé a Luisito la chance de estar en una sala con todos los chiches.

Quizás uno de los mayores logros de Matamala es su capacidad para incomodar al espectador. El tema que aborda —la enfermedad mental y la violencia— suele aparecer en la cultura bajo formas simplificadas, lejanas o estigmatizantes. La obra no busca ofrecer respuestas ni diagnósticos, sino que se mueve en una zona de ambigüedad que resulta tan inquietante como fértil desde el punto de vista teatral. Aquí, en cambio, Matamala se aproxima a la problemática sin empantanarse y desde un lugar humano y reflexivo. El espectador no se encuentra ante un monstruo ni ante una caricatura del criminal, sino frente a un sujeto atravesado por una experiencia extrema que intenta, a su manera, darle sentido a lo ocurrido o, mínimamente, naturalizarlo. Esa búsqueda de sentido es, en definitiva, lo que vuelve a la obra profundamente perturbadora y, tal vez, en ese punto radica también su potencia.
Matamala pone sobre la mesa una cuestión que muchas veces preferimos mantener a distancia: la fragilidad de nuestros bordes. Es decir, nuestra propia fragilidad. En un mundo marcado por tensiones sociales, crisis personales y una creciente sensación de incertidumbre, la obra sugiere que la distancia que creemos tener respecto de la locura quizá no sea tan grande como imaginamos. Esa intuición recorre silenciosamente toda la puesta y convierte al espectáculo en algo más que la historia de un individuo particular: se transforma en una reflexión sobre nuestra época.
Daniela Tuvo aclara que su trabajo con el Frente de Artistas del Hospital Borda fue clave para reconocer la salud mental como algo cotidiano, tangible y cercano.
—Teniendo en cuenta la patología del personaje, ¿qué representó tu trabajo en el Borda en relación a la obra?
—Yo aprendí que la locura tiene mala fama. Digo, uno un día se enferma y es diabético y nadie te cancela. Pero si tenés una patología psiquiátrica la sociedad o el sistema no sabe qué hacer con vos. Yo viví cosas muy interesantes ahí, y también vi como el arte, que muchas veces parece que no sirve para nada, servía para todo. Nos daba a talleristas e internos un motivo para estar ahí, una forma más amable de habitar el lugar, una salida económica para gente que no tenía ni siquiera su documento de identidad, creo que eso último es clave. Trabajar en el hospital me permitió tener un pensamiento propio sobre el encierro, la locura y la vida común y corriente. Al Borda me llevó Sarah Kane, a quien yo admiraba.
Sobre esto, la dirección logra articular estos elementos con sobriedad y precisión, evitando caer en el exceso dramático o en cierto golpe fácil y efectista. El resultado es una obra sólida, profunda y sentida, que confía en la fuerza del texto y en la intensidad de la interpretación para construir su universo escénico.
En definitiva, Matamala es una experiencia teatral que interpela al espectador desde un lugar tan incómodo como necesario. Al enfrentarnos con la voz de un hombre que afirma cargar con una desgracia mayúscula, el unipersonal nos obliga a preguntarnos hasta qué punto nuestras propias certezas sobre la normalidad, la cordura y la responsabilidad son tan firmes como creemos o queremos creer. Esa incomodidad, lejos de ser un defecto, constituye uno de los mayores méritos de la propuesta: el teatro, cuando es verdaderamente profundo, no tranquiliza, sino que abre preguntas que resuenan mucho después de que cae el telón.





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