Crónica de un hombre y un pozo
Actualizado: hace 22 horas
“El enemigo no es el hombre de al lado, el enemigo es el sistema que te enseña a odiar tu propio cuerpo y a codiciar cosas que no necesitas” Diane di Prima.

El portón está abierto a la calle. La parrilla, acomodada debajo del cordón, apenas chilla. En la vereda de enfrente un gato se acaba de echar al sol. Las casas tienen dos, tres y cuatro pisos que se dividen entre colores pastel y ladrillos huecos a la vista. Los cables de luz se cruzan frenéticos en una especie de sistema nervioso central que sostiene el cuerpo al borde del colapso de la villa veinte.
Ramona prepara una ensalada de papa, cebolla y mayonesa. La mesa está lista, grita desde adentro.
Chongo habla lento, sentido, respira cada palabra. Escucharlo es ver por partes una película en cámara lenta, leer las primeras novelas debajo del nogal de mi tía Mónica o jugar a las escondidas con los amiguillos perdidos u olvidados.
—La casa de enfrente, la de al lado y esta, las hice yo —cuenta—; la de enfrente creo que la vendí o no sé, no me acuerdo y la de al lado la alquilo igual que la pieza que tengo acá arriba. Igual que el pozo donde pasa el caño de agua debajo de la calle donde estás sentado, ese lo hicimos con otros muchachos durante los fines de semana.
Miro la calle, el asfalto, las juntas selladas con alquitrán, las casas, el gato que ahora cruza persiguiendo al sol, un Peugeot estacionado, dos mocosos que vuelven del colegio, con las mochilas al hombro, pateando una botella de plástico vacía y no entiendo como un ser humano pudo haber hecho con sus propias manos semejante pozo.
—Fue una vez que terminó la dictadura y ya nos dejaron de tirar las casas abajo. Cuando esto era villa, villa.
Durante todo el almuerzo lo escucho sin dejar de pensar en cómo un tipo pudo haber hecho una obra pública de cien metros. El mediodía se suspende en el aire y almuerza junto a los vecinos del barrio. Hablamos de fútbol, de política, de la familia, pero él, con un tono fraternal, me explica con absoluta paciencia cómo evitar clavarme las espinas del sábalo. Si fuera un pescado más grande sería más fácil, vos tranquilo, comé sin apuro y tenete un pan a mano por si te clavás alguna. Servile un poco de ensalada, le dice a Ramona.
Si la historia se sostiene sobre días absolutos, la sumatoria de estos definen períodos que los libros documentan en efemérides notables donde exclusivos personajes, acondicionados para la ocasión, maravillan a quienes tienen el gusto de leer sobre ellos. Pero los libros no cuentan la historia de seres humanos así; como si fuera un capricho que insiste en volver a jugar a las escondidas a la hora de la siesta, cuando los grandes duermen.
Terminamos de comer, no me dejan levantar la mesa. De ninguna manera, dice Ramona. El sol ahora cae sobre la vereda de Chongo. Salgamos, me dice, fumá un cigarro tranquilo que la tarde se puso linda. Como si conociera el ritmo que trae el tiempo, o como si el ritmo que trae el tiempo fuera parte de él, sabe que no voy a volver a entrar más que para ir al baño y saludar a Ramona.
La próxima hacemos un dorado de cinco o seis kilos, promete sentado al sol entre el gato, la tarde y yo. Antes de levantarme me mira fijo y pronuncia su nombre pila con media sonrisa. Ramona sale, se sienta al lado suyo y pone una mano arriba de la suya. Ahora sonríe como si fuera la única recompensa que necesita o que vale la pena.
Ya sin vino y con la deuda que trae lo prometido sobre nuestros hombros, nos saludamos con un afecto que hace dos horas no existía. Mi auto está estacionado en la esquina, a pocos metros del Peugeot. Camino con su nombre de pila como trofeo, sobre la calle donde alguna vez un muchacho, venido del Paraguay, veía cómo sus hijos crecían sobre la calle de tierra y se puso a cavar un pozo.





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