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El murgón, la bestia de los banderines de colores

  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Entre bombos, platillos y lentejuelas, la mitología renace con la nostalgia que traen ciertas estaciones del año.

Los barrios porteños comparten conceptos arquitectónicos comunes y cuestiones estructurales en cuanto a la forma. La idiosincrasia de sus habitantes dispone los mismos gustos, horarios, clubes de barrio, plazas, escuelas, almacenes, terrazas y espíritu parrillero con la misma filosofía de vida; en definitiva, viven bajo una única bandera cocinando similares recetas.

Ser del barrio es porte de nacionalidad. Mudarse al asentamiento vecino representa cierto exilio con el lógico temor de quien deja atrás su propia tierra. Irse es, lisa y llanamente, traición. Sumado al enorme desamparo, cada emigrante se lleva un pedacito de terruño a riesgo de que este desaparezca a manos del olvido. Las antiguas voces se traducen en el sonido de los bombos que atraviesan el aire cuando empieza a sentirse el verano. El ensayo de la murga en las plazas anuncia el carnaval en puerta como una imperiosa necesidad de permanecer. Como un susurro que canta al oído la época de esplendor de los carnavales porteños, el festín se hamaca entre costumbres que pelean su último round y generaciones que desprecian, tal vez por desconocimiento, tales arraigos.

Para ubicar su origen en tiempo y espacio cabe proponer al carnaval como una festividad sinónimo de cosecha y fertilidad. Sumerios y egipcios alentaban de una manera u otra, la proximidad primaveral en detrimento del mismísimo invierno. Los campesinos sumerios hacían una gran hoguera y pedían que los malos espíritus fueran expulsados de la cosecha. Los egipcios, por su parte, llevaban a cabo un ritual similar para venerar al dios de la fertilidad.

Adoptadas por griegos y romanos a través Dionisio y Baco respectivamente, las “bacanales” gozaron de gustosa popularidad durante la antigüedad. En ese sentido, no está nada mal relacionar al carnaval con las Saturnales: celebraciones romanas a modo de banquete invernal que el cristianismo, raudo de apropiaciones, terminaría por convertirlo, sumado a otras celebraciones paganas, en Navidad.

Las bacanales giraban en torno a los excesos, la fecundidad y la entrada a la edad adulta. En Roma, el uso de máscaras y disfraces cobra sentido vigor para ocultar diferencias de clases y para que aquellos que entren en consentida lujuria durante los festejos se lleven consigo, bajo la estela del anonimato, la dignidad.

El cristianismo avanza y monopoliza su propia fe bajo un mismo cielo y cualquier festejo que escape a sus pretensiones es considerado pagano. Así las cosas, y con las estaciones del año dentro de un mismo calendario, ni Saturno ni Baco encontraron equipo propio que corrompa la voluntad divina.


Si bien es cierto que iglesia católica se distancia de la antigua percepción del carnaval, en la edad media se troca derroche y lujuria por limpieza de carne: la cuaresma. El origen de ayunar y de no comer carne durante 40 días –tiempo de ayuno de Jesús en el desierto (fuente únicamente bíblica, como todo el asunto cristiano) –se remonta al segundo siglo de nuestra era y representa la purificación entre los cristianos no sin antes reventar a más no poder, disfraces mediante, durante los días previos a tamaño asunto. Teniendo en cuenta el menú medieval, semejante penitencia justificaba grandes desmanes.

Este meollo referencia al carnaval en su sentido más popular y aceptado, y si bien la Iglesia no toma la festividad como parte, acepta a regañadientes el festejo como válvula de escape social. De cualquier modo, terminó por prohibirse y trasladarse a compañías privadas de actores cuyas funciones estaban relegadas exclusivamente para miembros de las clases altas.


Con la conquista de América, el carnaval recala en estas tierras de la mano de los conquistadores como celebración de origen cristiano vinculada a los días previos a la incomprobable cuaresma. Ya en estos lares, el festejo terminó por ocupar el espacio público. En ellos se tiraban huevos rellenos con agua y fuentones de agua con lavanda para los amigos y agua con sal para los enemigos. En tiempos de la Colonia, los sectores populares participaban en los bailes de máscaras que se realizaban en el teatro de La Ranchería, mientras que los sectores pudientes lo hacían en la Casa de Comedias.



Por supuesto que para la gente acomodada esto significaba no más que una costumbre bárbara, motivo por el cual, y como era de esperar, trajo consigo las prohibiciones correspondientes. A fines del s XVIII, el virrey Vertíz prohíbe cualquier indicio de celebración y bastaba un golpe de tambor de la importante población afrodescendiente era penado con latigazos y un mes de cárcel. En época de Rosas estaba completamente prohibido. Ya en 1854, luego del exilio del Restaurador, reaparecen los festejos con bailes de máscaras y juegos de agua. Es Sarmiento quien, en uno de sus viajes a Italia, queda fascinado con el carnaval veneciano y el anonimato que esta celebración proponía a través de los disfraces. Con esa idea, durante un viaje a Norteamérica toma contacto con las compañías Minstrels –género teatral musical, racista, típicamente estadounidense, vivo entre 1840 y 1900– de actores blancos que pintaban sus caras de negro para interpretar canciones y bailes donde imitaban a los a los esclavos africanos de forma cómica y con aires de superioridad.


Este sesgo, de más está decir que terminó por encantar al bueno de Domingo, derivó en el primer corso oficial 1869. Por supuesto que lejos del outfit veneciano, la clase alta porteña empezó a pintarse la cara de negro a modo de burla. Los descendientes africanos, cansados de otro atropello histórico, se retiran de los festejos públicos y desde aquel entonces el candombe solo se limitó a espacios íntimos. Sumado a la guerra con el Paraguay, a las políticas de blanqueamiento de la generación del 80, la fiebre amarilla y la invisibilización constante, terminaron por silenciarlos más de un siglo. Una pena histórica que, de cualquier manera y a pesar de todo, no darían los primeros golpes del tango. Pero esa es otra historia.



Volviendo a la cuestión, la murga como la conocemos hoy nace entrado el siglo XX con la influencia migratoria italiana y española. A mediados de siglo, la migración a Buenos Aires proveniente de las provincias y de los países limítrofes termina por dar forma a la comparsa tal cual hoy la conocemos. Entre 1976 y el 1983, la dictadura vuelve a prohibir el carnaval. En 1984 con el regreso de la democracia, las comparsas sobrevivientes vuelven a ganar terreno, pero en el espacio público de los barrios.


Los banderines de colores atraviesan la avenida, el olor chorizo se entrega a merced del viento, las familias se acercan temprano y lo más chicos corren sobre el asfalto bajo la espuma y serpentinas de colores. Es carnaval, el sonido de los bombos se escucha desde adentro de los micros escolares, se baila pataleando, la avenida parece cada vez más angosta hasta que los trajes de raso y lentejuelas se detienen frente al escenario.


De local o visitante, barrio por barrio, las murgas peregrinan dos noches a manos de directores, bailarines y soñantes. No habrá tiempo para resentimientos pasados en tanto el bombo traiga las voces calladas, las vidas robadas, las amarguras sentidas. Baila el murgón debajo del cielo. Vestidos para la ocasión, cantores disonantes y roncos se burlan del caldo social para mantener vivo el paso del tiempo, mientras pelean terreno al olvido.


Esta pobre interpretación es un módico homenaje a mi tío Tati. Eterno soñador de San Martín, vindicador del barrio y “convicto de atrapar sueños al vuelo”. Gracias, tío, por enseñarme a cantarle a la vida cuando no la escuchaba cantar. Te extraño.

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