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LAS OVEJAS LE TEMEN AL LOBO, PERO ES EL PASTOR QUIEN SE LAS COME

El parásito del agua

  • 1 mar
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 5 mar

"Y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios de comunicación dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y un inmenso matadero”. Eduardo Galeano.


En un zoo lejano, un monito abraza un peluche regalo de sus cuidadores. Su madre lo rechazó al nacer. La conmoción es tal que toma por sorpresa a gran parte del planeta tierra. Las redes atienden con celeridad la desdicha del pequeño primate. En otro lado, un jugador de fútbol le dice "mono" a un colega en un estadio colmado de seres humanos. La imagen no es clara, pero no tarda en dar la vuelta al mundo. Los comentaristas del deporte se convierten en especialistas de derechos humanos y en sendas editoriales se cargan los dimes y diretes del desconocimiento. El juego parece estar en jaque. La conducta social se pone sobre la mesa. La prensa busca archivos de precedentes y sanciones, mientras analiza y debate con saco y corbata. El algoritmo acompaña.

Los vendedores de frutas salen a la calle. La policía reprime bajo el lema: “Acá nadie es un mono, queremos bananas”. Sin embargo, los vendedores y los monos protestan, avanzan, se organizan. La venta de bananas cae por el suelo. Nadie parece tener las habilidades sociales de un mono. La fruta se pudre, las moscas y los gusanos comparten banquete. La banana es buena, aunque que nadie les pregunte a los monos ni a los futbolistas.

Sobre la evolución del mono al jugador de fútbol hace unos siete millones de años se ha optado por el bipedismo. Para no entrar en detalles genealógicos y sus diversidades, el uso de herramientas data de unos 2.5 millones de almanaques completos sin fotos y no es hasta hace unos trecientos milenios que el Homo sapiens se diferencia como especie única e incorregible por gracia de habilidades particulares. Sin ánimo de encontrar diferencias y para no herir susceptibilidades, llegar hasta aquí tuvo una particular problemática en común: el consumo de agua potable.

El ser humano, ya sedentario, domina la tierra y el grano y domestica ovejas y cabras cuando los hielos de la última glaciación terminan por retraerse. El Creciente fértil así lo permite y el bicho de pie se agrupa. Con el correr de los años el humano se reproduce; con el de los milenios, se agolpa, atesta y enferma. El agua se convierte en un enemigo silencioso. En ella, fuente de vida, vive incolora la muerte. Virus, bacterias y parásitos diezman poblaciones que ya no consiguen tener agua potable a mano. El asunto se solucionó con alcohol. La fruta fermenta, el alcohol potabiliza el agua y la cerveza y el vino terminaron por ser una fuente hídrica más nutritiva y segura. El agua siempre fue más peligrosa que el cristianismo. A comienzos del siglo diecinueve, el problema está medianamente resuelto mediante una prolija filtración y cloración. Desde entonces se bebe sin miedo ni sobresaltos. Sin embargo, algunos parásitos han conseguido sobrevivir a cualquier proceso potabilizador. Algunos, incluso, sostienen que el agua es solo una roca congelada a cuatro mil metros de altura que no sirve para nada. La declaración no sorprende, pero asombra descubrir que algunos parásitos hablan y, en su dicción, se entienden guardianes de los intereses de otros parásitos que también hablan, pero cuando nadie escucha. Así que sí, como seres humanos estamos seguros que los parásitos hablan y cuentan historias fantásticas que solo otros parásitos conciben, inventan o creen.

El origen de la civilización se sitúa en Oriente Próximo. En el mismo lugar donde ciento sesenta y cinco nenas se sentaron bien peinadas frente a un pizarrón. Después de sacar de sus mochilas, cartuchera, carpeta y manual se dispusieron a prestar atención. Se tomó lista, se dictaron clases y se les cayó el edificio encima. Donde hubo una escuela iraní ahora hay escombros. El pretérito responde a la prevención de un vecino regional invasor. Las nenas están muertas. A la escuela la bombardeó el ejército israelí. El algoritmo se niega a titular el exterminio y no le presta demasiada atención.

La prensa internacional reparte basura como las moscas y gusanos de las bananas podridas que son. Quien se propone merecedor del Nobel de la Paz insiste: “Caerán bombas por todas partes”. El mundo no habla, las noticias no llegan. El terrorismo mal vendido justifica el asesinato en masa. Acciones preventivas de un enfermo sionismo pacificador que asusta se cargó diez menores palestinos en la última semana y unos veinte mil en los últimos tres años. Israel sabe de esto porque Israel es un estado bíblico y sufriente que mata a cara descubierta sobre la cárcel a cielo abierto más grande de la historia reciente. Israel sabe y mata. Sabe y mata. Mata.

El mundo no dice nada que no pueda decirse arriba de un escritorio y con la diplomacia correspondiente. La venta de monos de peluche costurados por niños malayos se dispara. Las bananas repuntan.

Sionistas de todo el mundo beben el fermento de su propia putrefacción y continúan repartiendo muerte como si fueran víctimas de una asombrosa involución y un innegable alcoholismo.

   

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