Modesta literatura para ir de cuerpo Vol. I
- radiosetaradio
- 6 ene
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 19 ene
La idea de descanso es una imperiosa necesidad que crece, de menor a mayor, durante todo el año. Así, el verano próximo se constituye como un ente pacificador con forma de embudo ni bien asoman los primeros calores primaverales. Trabajo, estudio o el sencillo contagio que proponen aquellos que anticipan sus vacaciones, aumentan la necesidad de quitarse todo de encima, incluso el propio dinero. La ropa mínima, suetercitos para la noche, postales de ramblas y peatonales, deportes de ocasión, juegos de mesa, la reposera nueva y los bolsos, caben en los baúles expertos de las posibilidades que ofrece el desahogo de una familia tipo argentina.

Ni siquiera los primeros escollos que someten a prueba las más estrictas voluntades, ponen de rodillas el camino hacia la tierra prometida. La ruta atestada duplica el tiempo del viaje. La familia acepta, conoce, sabe y va. Actividades que no suceden durante el año florecen en el habitáculo ni bien el primer congestionamiento. Canciones de continuidad de las vocales que, ante el cualquier error, traen consigo las primeras carcajadas familiares a cada desacierto. Pero no todo es jolgorio, el badén de cuatrocientos kilómetros de largo presenta momentos para la reflexión.
Los chicos duermen dando paso a la conversación y los primeros mates serios entre papá y mamá. Que como crecen los nenes, que el cambio de gerente quizás abra un puesto en la empresa, que el aguinaldo vino con bono, que el previaje y sus potencialidades y lo bien que anda el auto en la ruta, terminan en soltar una mano del volante para tocar la pierna de la esposa, la amiga, esa con la que se habló tan poco durante el año. El clima adentro del Renault es holgado. Algún comentario sobre lo acertado que fue hacerle el tren delantero rompe el hielo y las palabras son ahora solamente amables y en voz baja. Con una mirada cómplice el matrimonio se pone al día, recupera el tiempo perdido y en algunos kilómetros reconfirman profundamente todos sus votos. Las rencillas acumuladas se esfuman cuando se cambia la yerba.
Un cartel de concreto anuncia la llegada a destino: “Bienvenidos a Mar del Plata”. Ahora sí, las vacaciones.
Pasan los días, se acomodan las cosas, se va al súper en ojotas y los pibes en patas. La comida al paso con dos horas de espera por una hamburguesa se suma al malestar estomacal de las rabas del mediodía. Se cenó afuera las primeras noches. El dinero se escapa, el gasto se ajusta. Pero la familia conversa y todavía ríe. Las canciones del auto trocaron por la revisión de los días de playa; que el tejo debería ser un deporte, que qué lindo el castillo de arena y qué bien se hizo en comprar una reposera. El bronceado es perfecto, cobrizo. Se huele a crema humectante y lo linda que queda la ropa con este color de iodo y sal. Los suetercitos se lucen de noche durante los paseos en la peatonal y el helado sabe distinto cuando papá y mamá se dicen cosas pícaras, mientras los mocosos corretean adelante. La noche y el asentamiento balneario prometen avivar el fuego de una intimidad dormida.
—Están cansados —dice en voz baja mamá.
—Seguro caen fundidos —le contesta, mientras roza su mano, papá.
Hoy toca, debería. La Ley del Universo del Matrimonio se ofrece para liberar a la bestia de la pasión. Las vacaciones, la palabra amiga en la ruta y algunos días de playa saldaron las cuentas parentales. Pero el helado estuvo de más. Caminar en la arena esquivando a un millar de seres humanos por centímetro cúbico que practican el mismo arte en quince días, funde a los mayores en un letargo del cual solo pueden salir para ir al baño o por un vaso de agua. La repetición de días idénticos –desayuno, playa, hamburguesería, playa de nuevo, tejo, mar, peatonal, rambla, helado– no solo aturden el presente, sino que también a la poca esperanza de descanso para el día siguiente. El sexo, entonces, se escapa. El dinero se va con los días. La tarjeta de crédito vence por su propio peso el pequeño bolsillo de la malla floreada de papá. Ahora, él y mamá, cambian la baraja española debajo de la sombrilla por un pequeño anotador donde organizan los días que faltan.
Comer afuera y los licuados de playa son los primeros que se tachan de la lista. El supermercado sostiene que un mar de almas corre con la misma suerte. La fila de la línea de cajas termina pasando los artículos de limpieza. Dos horas de supermercado por una veintena de artículos básicos. Los nenes se fastidian. Los primeros reclamos aparecen junto a las amenazas del primer sopapo. Las vacaciones se estrechan. La dinámica familiar se espesa. Lejos de casa, con poca plata y comiendo mal, los ánimos ya no resisten análisis. Ir a la playa se convierte así en una tortura que solo aplaca echándole la culpa a la señora de la sombrilla de al lado que siempre va con el perro, o a un grupo de jóvenes que pone cumbia y chupa que da calambre, mientras desconcentran a mamá y papá cuando quieren hacer números en su anotadorcito.
El tres ambientes a pulmón, a dos cuadras del centro y cinco de la playa, retumba con la música que ponen hasta la madrugada los del sexto piso. El descanso se convirtió en el algo esquivo o en una cuestión reservada para los más jóvenes. De repente, la culpa la tiene una Mar del Plata que ya no es la misma que cuando venían de solteros.
Eran otros tiempos.
Durante los últimos dos días papá no pudo pegar un ojo. Mamá calma a los chicos como si el único que tuviese derecho a descansar fuese el tipo que eligió como esposo. La quincena se extingue. El ultimo racimo de esperanza que colgaba de la parra marplatense desaparece con la lluvia del último día. No hay más plata. Las hamburgueserías están solo para un recambio ávido de hipotecarse por una doble con cheddar. El aire es denso. Se habla lo justo. Guardaste esto, no te olvides de aquello. La piel pica, la crema humectante quedó adentro de alguno de los bolsos o arriba del recibidor, vaya uno a saber.
La vuelta es algo especial. No se conversa. Se espera que el tiempo haga lo suyo y los devuelva al punto de partida. La congestión de la ruta es una hilera silenciosa de desahuciados en donde no hay santo que valga. La radio no sintoniza ninguna estación decente y los datos móviles no toleran una playlist. El alivio parece estar de vuelta a unos cientos de kilómetros. La ruta no descansa, no hay mate, los nenes duermen y el tren delantero jode otra vez.
—Quizás no había que haber entrado en gastos —piensa, olvidada a un costado de la heladera de un tres ambientes costero, la reposera.

