Pequeños relatos para una correcta digestión, vol. VI
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Bajé por un cigarro y algo de chocolate. Una mujer ancha, dentro de un estrecho vestido fucsia de algodón, venía en sentido contrario moqueando lo que parecía ser un llanto fingido.
¡Llorar en público, por Dios! ¿Qué es eso? Su reclamo era una débil protesta sobre alguien sin nombre. No me dejes, no te vayas, esperá, escuchame. No, por favor no, te pido que no, ahora no, justo ahora no. En un intento de convencer cargado de noes, parecía aterrarla un próximo concepto de soledad. La gente así me da asco, pensé. Si tengo que pedirlo ¡no lo quiero!, gritaba Frida al bigote de Rivera.
La ciudad se siente espesa. Debajo de un extraño criterio derrama algo que la rompe y a la vez la comprime, como cuando se sienta uno a escuchar a Piazzolla; me pregunto cuánta de la gente que conozco tuvo la decencia de sentarse a escuchar detenidamente a Astor Piazzolla. Un manto húmedo desciende denso e invisible desde las hojas de los árboles. Volví del quiosco fumando tranquilo.
Igual que ayer, anteayer, hoy.
Los perros están viejos. No quieren más que salir lo justo y volver a casa; siquiera una vuelta manzana, buscar un palito o andar meando los postes para las hembras del barrio. Solo volver a casa lentos, cansinos y cobardes los tres, incluyéndome a mí. La primavera vino templada como el invierno y los últimos años. Sin embargo, parece un verano propio de todos sus condimentos, incluso el tenor gregoriano que de manera insoportable sostiene que es febrero veintidós.
Crucé la calle con medio tabaco prendido entre los dedos. Estoy más grande que antes de no me acuerdo bien qué. Memoria fotográfica sin huella. Un rastro sin sabueso sobre algo que alguna vez fue cierto. Vaya habilidad sinóptica cuando me escondo de mi propio espacio sin atreverme a revisar mis acuerdos en lugares comunes.
Aquel no sé qué es ahora un viejo síntoma de realidad que se siente más suave; como si la angustia de haberme comportado como un niño tuviera un módico precio dentro de un desordenado canasto de ofertas. Como si el valor correspondiera, únicamente, a la gente adulta que sabe de pagar sus cuentas, se enfada cuando una remera se ensucia, presume los manteles limpios, reniega de los jugadores de dados y va siempre de cuerpo en su propia casa.
Todo encaja como un asunto serio que seguramente haya sido. Con todo, me arrastré como el niño de culo sucio y mugre en el cuello que envida sin tanto —motivo por el cual casi siempre pierde— al conteo calendario. Pero ya no soy un niño, al menos no aquel. Así dicen los de culo limpio cuando sostienen que solo soy una versión pálida que culpa al deterioro cognitivo de lo irremediable y que sigue sin comprender la ironía que cabe en los maletines que se pierden hábiles hacia el microcentro. Tal vez no sea más que una versión mezquina de los tiempos azules que ahora vive atada en el patio del fondo.
El miedo no es sonso decía un tipo que también decía ser mi padre. Ahora que ha muerto ya no dice más nada. Como el buen estafador que fue, así se ha propuesto de irremediable su muerte, como una estafa sin necesidad de dadores de sangre. ¡Qué descaro!, nunca había tenido un padre muerto y de repente esta necesidad humana y bestial tentada de explicar y saber todo.
Babeo por ese requisito urgente, mientras pago con moneda nacional un haz de luz para quitarle sombra a la problemática. Así de mediocres hemos sido aquel tipo y yo. Humanos corrientes que no consiguieron salir adelante sin haber gastado una buena suma semanal en un analista que tampoco supo muy bien qué hacer.
Llego a la esquina sin el cigarro. Entró a casa después de dos pisos por escalera. Me gusta el olor de los edificios igual que el de las ferreterías y me apena bastante haber aprendido tan bien a ser obediente y sin embargo vivir para desobedecer. Entonces, berreta, nacional y desobediente me encuentro aquí sentado, mientras moqueo mis súplicas ceñido en un vulgar vestido fucsia de algodón, que pica como suele picar el poliéster a las dos de la mañana.
II
El tiempo fue un nene caprichoso y maldito que se entretuvo socarrón con vos, conmigo y que puso sobre sus manos un fragmento inquieto donde todo iba lento. Un rastro. Una huella legible y mínima. Ni siquiera un aroma mordido detrás de la oreja. Apenas un aire vasto de incomodidades. Un acertijo tenaz al que no se le antoja resolverse cuando deja en el aire la misma curiosidad que ahora llevan consigo. Un espacio paralelo e intocable, como un baile desnudo sin suelo; esos que mueven los ángeles que nunca duermen y que nunca bailan. Con los ojos cubiertos de asombro jugaron con la palabra en sus manos, la noche entre cejas y la distancia entre absurdos.
Para Bukowski la distancia entre dos puntos resulta insoportable. Ahí su huella cómplice y la puerta del patio abierta donde las hamacas se mueven con el mismo aire que los hace bailar, y donde los mismos ángeles que no bailan desconfían antes de quitarse la ropa. Aun así, sonaban como si la curiosidad naciera del ritmo que declaró sus propios principios. Sin cuento fijo, contaron. Todavía sin voz, cantaron. Dieron con el imprevisto de aquel cariño lejano a una distancia prudente y a ver quién levantaba primero la mano con la simpleza para saberse dueños de una irresponsable banalidad.
Quizás, tal vez, de pronto o algún día sin forma y sin nombre.
Las oraciones se escribían solas con algo de adorno y con poca paciencia, igual que el vértigo que tiene Bangkok antes de que amanezca; un rumor tibio y suave que, antes de escaparse, pasó por delante como una verdad tonta, pero dulce y amable. Jugaron por jugar, de puro curiosos. Con la canción justa hubiesen bailado, pero no fue así, igual que el día que se la vio asomar con prisa y el pelo suelto. Se dieron el gusto y se olfatearon ahí, en un pequeño abrazo.
“…y al despedirnos éramos como dos chicos que se han hecho estrepitosamente amigos en una fiesta de cumpleaños y se siguen mirando mientras los padres los tiran de la mano y los arrastran, y es un dolor dulce y una esperanza…”
Todavía sin baile, jugaban a bailar.





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